Blanco, casi esférico y deliberadamente imperfecto, el moon jar —o dal hangari— es mucho más que una pieza decorativa. El jarrón lunar se convirtió en un símbolo cultural e histórico de Corea, asociado con la sencillez, la elegancia y la aceptación de las formas irregulares

Su historia se remonta a la dinastía Joseon (1392-1910). En aquella época, estas vasijas se utilizaban con fines domésticos y ceremoniales, y eran elaboradas por alfareros en los antiguos hornos estatales de Bunwon, cerca de Gwangju

Una esfera construida en dos etapas

El proceso comenzaba con la producción separada de las mitades superior e inferior. Luego ambas partes se unían por el centro. Esa unión dejaba una leve irregularidad que se transformaba en uno de los rasgos distintivos de la pieza

La arcilla, el esmalte, el torno y la cocción intervenían en el resultado final. Por eso, incluso los jarrones realizados con proporciones similares adquirían diferencias de forma, color y superficie

Los primeros recipientes incorporaban pigmentos azules, rojos y marrones. Entre 1726 y 1800 comenzaron a ganar especial valor los ejemplares blancos, encargados habitualmente por integrantes de la corte por la armonía de sus formas, alejadas tanto de la ostentación como de la vulgaridad

Una pieza escasa y de alto valor

Se calcula que existen alrededor de 20 jarrones lunares originales de ese período. Algunos se conservan en el Museo Nacional de Corea y están catalogados como Tesoros del país

Para recibir oficialmente esa denominación, las piezas debían ser esféricas, carecer de ornamentación, tener esmalte blanco, medir al menos 40 centímetros de altura y haber sido elaboradas entre finales del siglo XVII y comienzos del siglo XIX

La rareza también se refleja en el mercado. En marzo, un ejemplar original de la dinastía Joseon, datado en el siglo XVII, alcanzó los 3.186.000 dólares, frente a una estimación inicial de entre uno y dos millones. En 2023, otra pieza se había vendido por 4.560.000 dólares

Del desinterés a la escena contemporánea

Tras el auge que tuvo en el siglo XVII, el moon jar atravesó un período de indiferencia y desvalorización. Recuperó protagonismo a mediados del siglo XX, en parte por la obra de Kim Whan-ki, quien comenzó a incorporarlo en sus pinturas

Desde entonces, el jarrón lunar se volvió una referencia constante del arte contemporáneo coreano. Durante las ferias Kiaf Seoul y Frieze Seoul, celebradas el mes pasado en Seúl, apareció en pinturas, esculturas e instalaciones de artistas coreanos e internacionales

La programación también incluyó la 16ª edición de la Bienal de Gwangju, ubicada a unos 270 kilómetros al sudoeste de Seúl. El encuentro, titulado You Must Change Your Life, permanecerá abierto hasta el 15 de noviembre

Una forma, múltiples interpretaciones

El proyecto The Moon Jar Constellation reunió a 15 artistas coreanos que reinterpretaron la forma tradicional mediante pinturas, esculturas y experimentos físicos. Algunas obras transformaron el jarrón en bustos; otras lo tiñeron de azul cobalto o lo cubrieron con imágenes de dodos, paisajes, escenas marinas, casas y jardines

Las piezas también abordaron ideas como el tiempo, el karma, el coraje y el deseo. En una de ellas, Gwon Osang representó un busto humano que sostiene una tinaja sobre la cabeza. Moon Hyeongtae incorporó autos, perros y personas en una composición de celeste y rojo

Choi Hyeji combinó los pigmentos azules asociados con la dinastía Joseon con escenas de la vida actual, como personas que esperan un autobús, andan en bicicleta o pasean tomadas de la mano. Shim Moon-Seup, en cambio, alteró la apariencia de perfección mediante recortes y agujeros en una superficie oscura con interior blanco

La artista Inae utilizó puntos dorados sobre Vantablack, un revestimiento que absorbe el 99% de la luz. El jarrón lunar también inspiró al artista Young-se Kim en el diseño de la antorcha de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018, en Pyeongchang, sostenida por cinco pilares entrelazados que representaban a los cinco continentes

Entre hornos antiguos, museos, subastas y galerías contemporáneas, el moon jar conserva una misma tensión: una forma aparentemente simple cuya identidad nace, precisamente, de no ser perfectamente regular