El bienestar social no puede evaluarse únicamente mediante los ingresos o el Producto Bruto Interno (PBI). Para Marc Fleurbaey, la calidad de vida también depende de la salud, la situación familiar, las conexiones sociales, la estabilidad laboral y las condiciones materiales
El desempleo, explica, tiene consecuencias que exceden la pérdida de ingresos. También afecta la vida cotidiana y puede producir un deterioro más profundo que el que reflejan las estadísticas económicas tradicionales
Salud y vínculos sociales
La salud ocupa un lugar central en la percepción del bienestar, especialmente a medida que las personas envejecen. La esperanza de vida mejoró durante décadas, aunque se estancó recientemente en varios países desarrollados y disminuyó en Estados Unidos, sobre todo entre personas de mediana edad con dificultades laborales
Las relaciones sociales son más difíciles de medir. Las preferencias varían: algunas personas buscan redes amplias y otras se sienten cómodas con pocos vínculos. Por eso, no existe una definición única de una vida social satisfactoria
Fleurbaey sostiene que las distintas dimensiones se influyen mutuamente. Un empleo estable y una situación familiar sólida pueden favorecer la salud, mientras que las dificultades económicas pueden deteriorarla
La salud como inversión pública
La preparación ante pandemias y la infraestructura sanitaria deberían considerarse bienes públicos. La falta de financiación y de capacidad instalada puede debilitar la respuesta frente a emergencias, como ocurrió durante la pandemia de COVID-19 y, según el análisis del economista, con la propagación del ébola en África
La salud pública suele contabilizarse como un gasto, pero Fleurbaey propone verla como una inversión. Un sistema sanitario adecuado puede contribuir a una población más saludable y productiva, aunque sus beneficios no siempre se reflejen de inmediato en los presupuestos
Envejecimiento, igualdad y aporte social
El aumento de la longevidad incrementa la demanda de atención médica y presiona a los sistemas de salud. Al mismo tiempo, una menor proporción de personas activas puede elevar la carga fiscal necesaria para financiar las necesidades de la población mayor
El aporte de las personas mayores, sin embargo, no se reduce a su producción económica. El cuidado de los nietos y el sostenimiento de los vínculos sociales también generan valor, aunque esas tareas no suelen aparecer en las mediciones del PBI
La desigualdad también se expresa en dimensiones no monetarias. Las personas con menos recursos suelen enfrentar peores condiciones de salud, menor longevidad y mayor aislamiento. Las brechas extremas pueden además favorecer la concentración de influencia y profundizar la división social
Fleurbaey vincula estas diferencias con el impacto ambiental. Los sectores de mayores ingresos pueden sostener estilos de vida con elevadas emisiones, mientras que los sectores pobres consumen menos por necesidad. Una reducción de la desigualdad podría disminuir el impacto ambiental general, aunque la mejora de los ingresos de los sectores pobres también aumentaría su consumo
Redistribuir y ampliar las oportunidades
Para enfrentar las desigualdades, el economista distingue entre redistribución y predistribución. La primera transfiere recursos después de que se generan los ingresos; la segunda busca ofrecer desde el comienzo condiciones más equilibradas, entre ellas educación y oportunidades básicas
También plantea debatir límites para las grandes herencias. El excedente podría destinarse a fondos públicos que otorguen una participación a los jóvenes al llegar a los 25 o 30 años, aunque reconoce que la propuesta enfrenta dificultades políticas
Las empresas pueden contribuir mediante políticas salariales, capacitación y formas de organización laboral que reduzcan las brechas. El Estado, a su vez, podría promover comportamientos responsables mediante incentivos, regulaciones o modificaciones en el impuesto a la renta