La experiencia peruana ofrece una perspectiva para evaluar la estabilización argentina. Ambos procesos no son idénticos, pero el caso de Perú muestra que bajar la inflación constituye apenas una primera etapa. El desafío posterior es reconstruir la moneda, recuperar el crédito y lograr que la estabilidad se transforme en crecimiento sin depender de cada elección

Un punto de partida más extremo

Perú inició su estabilización después de una hiperinflación que superó el 7600% en 1990, en medio de la violencia de Sendero Luminoso. El gobierno de Alan García había dejado emisión monetaria descontrolada, controles de capitales, múltiples tipos de cambio, default y una relación quebrada con los organismos internacionales, incluido el FMI

Alberto Fujimori aplicó de una vez fuertes aumentos en tarifas y combustibles, unificó el régimen cambiario, liberalizó el mercado y avanzó en el ordenamiento fiscal. También cortó el financiamiento monetario del déficit, los pagos de deuda y los redescuentos bancarios

Flotación, reservas y dolarización

A diferencia de la Convertibilidad argentina, Perú no fijó el tipo de cambio. Dejó flotar la moneda y utilizó inicialmente agregados monetarios. Luego, la creación de dinero pasó a estar respaldada por la acumulación de reservas

La desinflación fue lenta: Perú tardó siete años en alcanzar una inflación de un dígito. Sin embargo, logró sostener su régimen macroeconómico durante el shock externo de 1997-2001, incluso después de aceptar un salto cambiario sin desborde inflacionario ni ruptura de contratos

La primera etapa tampoco implicó una rápida remonetización en soles. El país aceptó el bimonetarismo y habilitó depósitos y créditos en dólares. En 1992, cerca de dos tercios de la liquidez financiera estaban dolarizados y, hacia fines de los años noventa, más del 80% del crédito estaba denominado en esa moneda

La segunda etapa: más reservas y crédito local

El cambio llegó durante los años 2000, cuando la mejora de los términos de intercambio, especialmente por los precios de los metales, encontró una economía con reglas consolidadas. El Banco Central compró dólares, acumuló reservas y expandió la cantidad de soles

Ese proceso permitió ampliar el crédito en moneda local y reducir la dolarización financiera. Actualmente, los préstamos y depósitos en dólares representan el 26% y el 23% del total, respectivamente, mientras el crédito bancario equivale al 36% del PBI. Entre 2003 y 2013, Perú creció en promedio 6,2% anual y registró una inflación media de 2,9%

El impulso externo y los límites argentinos

El shock externo positivo llegó a Perú cuando la estabilización ya estaba avanzada, y pudo fortalecer la oferta y el financiamiento doméstico. La Argentina recibe ahora un fuerte ingreso de dólares por energía, minería y agro, con términos de intercambio favorables, pero ese impulso todavía no logra activar la demanda agregada

El consumo permanece estancado frente al ajuste deflacionario con ancla cambiaria. La inversión vinculada con el RIGI se demora por la incertidumbre electoral, la obra pública se frenó abruptamente y la economía mantiene una elevada capacidad ociosa. La política fiscal continúa siendo contractiva y el crédito no tracciona

La Argentina busca desinflar utilizando el tipo de cambio como semiancla y aprovechando el ingreso de divisas del sector externo. Pero, desde la interrupción del acceso del Tesoro al crédito en dólares en agosto, parte de las divisas que compra el BCRA termina destinada a cubrir vencimientos de deuda pública que ya no se renuevan

Para obtener esos dólares, el Tesoro debe colocar deuda en pesos con tasas elevadas, indexación y plazos que intenta extender más allá de las elecciones de 2027. La consecuencia es una remonetización que todavía no impulsa el crédito privado. El riesgo es que la apreciación real siga siendo el instrumento principal para contener la inflación sin que el ingreso de dólares se traduzca en más actividad

Continuidad económica e institucionalidad

La experiencia peruana también tuvo un costo político. Fujimori cerró el Congreso en 1992 y gobernó con una concentración de poder incompatible con la democracia. Su régimen terminó en 2000, en medio de denuncias de corrupción y una crisis de legitimidad

La transición encabezada por Valentín Paniagua y la llegada de Alejandro Toledo en 2001 recuperaron la institucionalidad sin desarmar el programa económico. Toledo consolidó el régimen de metas de inflación y preservó la autonomía del Banco Central

En 2006, Alan García volvió al poder con una política económica diferente de la de su primer gobierno y mantuvo las reglas heredadas. Durante su gestión, Perú obtuvo el grado de inversión meses antes de la crisis subprime de 2008

La estabilidad convivió con desigualdad, informalidad, servicios públicos e infraestructura deficientes y una institucionalidad política cada vez más frágil. La Argentina enfrenta además una estructura social distinta, mayores demandas sobre el Estado y un sistema federal que vuelve más compleja cualquier transformación

La lección pendiente

La independencia del Banco Central no se garantiza solo con una ley o una reforma constitucional. También requiere que el Tesoro pueda financiar y refinanciar su deuda sin condicionar la política monetaria. Perú mantiene desde hace 20 años al mismo presidente de su autoridad monetaria, pero esa continuidad se apoyó en un régimen económico más amplio

El caso peruano sugiere que la estabilidad no exige mantener inmóvil el dólar, sino construir una moneda capaz de canalizar el ahorro y la inversión. La acumulación de reservas, la remonetización y el crecimiento basado en el crédito requieren tiempo y continuidad

Para la Argentina, el desafío es evitar otro péndulo y lograr que el respeto de los contratos no dependa exclusivamente del resultado electoral, en un contexto de polarización, bajo crecimiento y deterioro de los bienes públicos