A simple vista, una lágrima parece siempre igual: una gota transparente y salina que rebalsa el párpado. Sin embargo, su origen modifica su composición y también la forma que adopta cuando se seca
La ciencia distingue tres tipos principales. Las lágrimas basales se producen de manera constante para mantener la córnea húmeda, nutrida y protegida. Contienen lípidos, agua, mucina y lisozima, que forman una barrera protectora
Las lágrimas reflejas aparecen ante irritantes como el gas de una cebolla, el humo, el viento o una partícula de polvo. Su volumen suele ser mayor porque ayudan a limpiar la superficie del ojo y a aliviar la molestia
Las lágrimas emocionales se relacionan con estados como la tristeza, el alivio, la empatía, la furia o la risa. Según el texto, pueden contener hormonas y neurotransmisores asociados con el estrés, entre ellos prolactina, hormona adrenocorticotrópica y leucina-encefalina
Una huella que cambia con cada muestra
Cuando una lágrima se deposita sobre un vidrio y se deja secar al aire, sus sales disueltas cristalizan. El cloruro de sodio, el potasio y otros minerales se organizan en estructuras geométricas cuya forma depende de los componentes presentes en la gota
Las lágrimas basales pueden formar tramas dendríticas regulares, parecidas a helechos de hielo. Las provocadas por la cebolla muestran campos más abiertos y geométricos. Las asociadas con el dolor o la pérdida presentan fracturas, ramificaciones y agrupaciones minerales más complejas
La viscosidad, el ritmo de evaporación y la proporción de lípidos también influyen en el resultado. Por eso, cada muestra deja sobre el vidrio un dibujo particular
La observación microscópica convierte así una función cotidiana del cuerpo en un registro visual de su composición: cambia la molécula y cambia el paisaje que queda después de la evaporación