Juan y Emma se conocieron en el hall de arribos internacionales de Ezeiza, en 1989. Él esperaba junto a su hermano la llegada de sus padres; ella recibía a pasajeros de un vuelo de Swissair

Juan se acercó y pronunció la única palabra que conocía de un idioma suizo: “Grüezi”. Como ninguno dominaba el idioma del otro, continuaron la conversación en inglés. Antes de despedirse, él le entregó su tarjeta personal, pero Emma la tiró poco después

Una llamada después del primer encuentro

Tres semanas más tarde, Juan logró ubicarla al recordar el hotel donde solían alojarse los turistas suizos que ella acompañaba en sus viajes por Buenos Aires. Hablaron durante más de una hora y acordaron tomar un café en La Biela, antes de que Emma viajara a Ushuaia

Durante ese encuentro, Juan le contó que estaba divorciado y tenía cuatro hijos. Emma disfrutó de la charla, pero decidió no volver a verlo. Sin embargo, cuando ella regresó a Buenos Aires, se encontraron dos veces más y continuaron hablando por teléfono fijo

El contacto que atravesó la distancia

Pasaron dos años sin que volvieran a verse. Entonces Juan llamó a la oficina central de la empresa de Emma desde Argentina. La comunicación era costosa y él ni siquiera sabía si ella seguía trabajando allí, pero consiguió hablar con ella

Después, desde un locutorio cercano a su casa, volvió a llamarla. Le dijo que pensaba en ella, que quería verla y que estaba dispuesto a viajar. Sus conversaciones, en inglés, incluían libros, música, películas, humor y largos silencios

Emma finalmente tomó un vuelo a Buenos Aires. En el verano de 1993, más de tres años después de aquel primer encuentro, ambos volvieron a abrazarse en el mismo hall de arribos de Ezeiza. Desde entonces permanecieron juntos