Nur Sadek imaginaba un futuro como estudioso del islam y líder religioso en su aldea del estado de Rakhine, en el oeste de Myanmar. En 2017, soldados dispararon contra su comunidad. Las balas golpearon el techo de lata de su casa y Sadek huyó con sus seres queridos, llevando únicamente la ropa que tenía puesta
Aquel año, cerca de 700.000 rohinyás escaparon de una ofensiva militar y cruzaron hacia Bangladesh. Otros buscaron refugio en India, Indonesia y Tailandia. En febrero de 2026, unos 126.000 rohinyás estaban registrados en Malasia, un país de mayoría musulmana donde Sadek estudia Derecho y defiende los derechos de su comunidad
Malasia no reconoce legalmente a los refugiados. Por eso, los rohinyás pueden ser detenidos y muchos viven con temor a los controles migratorios. La falta de documentación también afecta el acceso al trabajo, la atención médica y la educación
La dificultad de rezar lejos de casa
Los rohinyás tampoco pueden registrar oficialmente sus propios lugares de culto. La mayoría concurre a mezquitas locales, aunque algunos denuncian discriminación o prefieren no asistir por miedo a ser detenidos
Nurul Hakim fue el primero de sus diez hermanos en abandonar Myanmar, en 2010. Llegó a Kuala Lumpur después de viajar durante días a pie, en automóvil y en barco, atravesando Tailandia. En Rakhine, su comunidad había sufrido durante años restricciones para reunirse, acceder a mezquitas y recibir educación islámica
Hakim ahora puede rezar con libertad y se siente recibido por líderes religiosos locales. Sin embargo, sabe que otros rohinyás han sido apartados de algunas mezquitas. En ciertos barrios incluso aparecieron carteles que expresaban rechazo hacia ellos
La distancia también modifica la vida religiosa. En muchas mezquitas, los rezos están dirigidos por imanes malayos y los rohinyás no cuentan con sus propios líderes. Para Hakim, el problema no es solo el lugar de oración, sino la ausencia de los vecinos y habitantes de su aldea con quienes compartía ese momento en Myanmar
El miedo limita la vida cotidiana
Mohammed Rafique evita ir a las mezquitas y reza principalmente en su casa por temor a encontrarse con agentes migratorios. Huyó de Myanmar en 2009 con su esposa y sus cinco hijos, pero ellos permanecieron en Bangladesh mientras él continuó hacia Malasia. Desde entonces no volvió a verlos
Rafique recolecta materiales reciclables y gana 30 ringgit por día, unos 7,50 dólares. Apenas le alcanza para comprar sus medicamentos. También tuvo que afrontar la muerte de su esposa sin poder despedirse
Sadek perdió a su madre en Bangladesh y todavía no pudo visitar su tumba. Para él, ese viaje se convirtió en uno de sus principales anhelos
Una nueva vida marcada por pérdidas antiguas
La organización que Sadek cofundó reclama mayor seguridad y mejores condiciones para los rohinyás en Malasia. También documentó actos de hostigamiento en redes sociales y pide salarios justos, acceso a la salud y oportunidades educativas
Zahidah Begum enfrenta varios de esos problemas. Su esposo tiene dificultades para trabajar por razones de salud y sus hijos, en edad escolar, no pueden asistir a clases formales
Begum huyó de Myanmar en 2013. Su padre era imán y enseñaba estudios islámicos en la aldea entre las 8 de la mañana y las 4 de la tarde. Durante una redada, intentó escapar de los soldados, se cayó y se fracturó una pierna. Después huyó a Bangladesh, pero no recibió tratamiento médico; la herida se infectó y murió
Ahora Begum transmite a sus dos hijas las enseñanzas que recibió de él. Les enseña a rezar, a recitar versos del Corán y a realizar súplicas personales. Así mantiene su vínculo con la fe, aunque su vida transcurra lejos de Myanmar