Ya pasó octubre, el año está por terminar y, a los 43 años, todavía no puede asegurar que haya hecho algo increíble. Algo digno de contar en una reunión, alzar la voz y empezar con un “una vez yo”

En su memoria aparecen historias ajenas más audaces: Ezequiel escapándose de su casa a los 13 años para viajar más de cien kilómetros hasta una discoteca; Victoria pidiendo emanciparse a los 16 para recorrer sola América Latina; Camila cancelando su boda pocas horas antes de la fiesta

También recuerda la enfermedad de su padre durante el servicio militar obligatorio. Cuando llegó a una base de Neuquén, perdió músculos, llegó a pesar 40 kilos, volvió a su casa en silla de ruedas y pasó meses recuperándose en un gimnasio

Sus propias hazañas parecen más modestas: dos tortas, una primera borrachera, trepar un portón de tres metros y, a los seis años, alejarse sola de la playa familiar para caminar por la ruta

Podría exagerar otras historias o apropiarse de anécdotas ajenas. Pero no estuvo presa, nunca viajó en un patrullero ni fue ella quien tomó ayahuasca durante un fin de semana en una quinta

En el trabajo, alguien más joven confesó tener miedo de atravesar los años sin conseguir algo particular, remarcable o digno. Ella respondió que le gusta lo ordinario, aunque reconoce que quizá no sea cierto

Más grave todavía, admite estar aferrada a una idea: que todavía tiene tiempo