En la nueva etapa de competencia tecnológica entre potencias, la influencia de los empresarios digitales sobre la política estadounidense ya no se limita a Elon Musk. Peter Thiel y Alex Karp, dos figuras centrales de Palantir, representan corrientes ideológicas con una relación cada vez más estrecha con el poder

De la democracia al poder tecnológico

Thiel, primer inversor de Facebook, defendió en sus escritos la necesidad de romper con la lógica de los imitadores y apostar por monopolios capaces de abrir nuevos mercados. Más tarde cuestionó la compatibilidad entre democracia y libertad, y sostuvo que los sistemas parlamentarios podían ser menos eficaces que las decisiones apoyadas en tecnologías inteligentes

Su trayectoria política estuvo vinculada a Donald Trump, aunque esa relación terminó deteriorándose. Después de alejarse de la política, Thiel regresó al escenario tras el impulso de Musk. Su influencia actual proviene sobre todo de Palantir, la empresa que cofundó y que dirige Alex Karp

Palantir y el mapa de la ciudadanía

Palantir desarrolla sistemas de análisis de datos para organismos militares, de inteligencia, gobiernos, bancos y grandes compañías. Sus herramientas pueden reunir información fiscal, biométrica, personal, educativa y registral

Según la interpretación planteada en el debate sobre la empresa, esa capacidad permitiría elaborar un mapa detallado de la población y abriría la posibilidad de un sistema de puntuación social semejante al existente en China. El temor se vincula también con la participación de Palantir en el escándalo de Cambridge Analytica, relacionado con el uso de datos de 87 millones de usuarios de Facebook para la campaña digital de Donald Trump en 2016

La visión de Alex Karp

En su libro La república tecnológica, publicado en 2025, Karp presenta la competencia con China como una disputa que no depende únicamente de la capacidad técnica, sino también del uso político y estratégico de la tecnología

Su diagnóstico contrapone el modelo chino, orientado a reforzar estructuras militares, sanitarias, educativas y de infraestructura, con el de Silicon Valley, más concentrado en productos destinados al consumo masivo. En esa lectura, las plataformas digitales pueden convertirse en formas de distracción y debilitamiento social

Karp también sostiene que Occidente enfrenta una crisis de identidad y reivindica una respuesta firme frente al avance de China y del Sur global. Sus posiciones provocaron reacciones opuestas: algunos las consideran una ruptura con las ilusiones conciliadoras, mientras antiguos directivos de Palantir denuncian un giro autoritario y un abandono de los principios que, según ellos, debían garantizar un uso ético de la tecnología

Una alianza bajo tensión

La relación entre Trump y el sector tecnológico combina intereses económicos, influencia política y competencia geoestratégica. La inteligencia artificial y las inversiones digitales tienen un peso relevante en el crecimiento estadounidense, mientras la Casa Blanca busca aprovechar ese poder en la disputa con China

Esta convergencia fue definida como “tecnocesarismo”: una colaboración estrecha entre los líderes de las grandes empresas tecnológicas y el poder presidencial. Frente a ella se ubican sectores conservadores tradicionalistas que también defienden posiciones autoritarias, pero rechazan la influencia de los empresarios digitales sobre la Casa Blanca

Steve Bannon acusa a los llamados tecno-oligarcas de buscar privilegios y libertad de acción para sus proyectos tecnológicos. En el fondo de la disputa aparece una pregunta más amplia: si la tecnología debe ampliar las capacidades de las democracias o concentrar decisiones esenciales en manos de una pequeña elite empresarial