Desde la década de 1990, un cocodrilo gigante mantuvo en alerta a comunidades cercanas al río Ruzizi y a la zona septentrional del lago Tanganica, cerca de Buyumbura. El animal, conocido como Gustave, fue relacionado con la muerte de más de 300 personas

Sus primeras víctimas humanas fueron reportadas en 1987 y los ataques se intensificaron durante los años 90. La mayoría de las personas afectadas eran pescadores o vecinos que se acercaban al agua para recogerla

Un animal difícil de capturar

Gustave nunca pudo ser atrapado, pese a las numerosas trampas preparadas con cebos. También sobrevivió a heridas visibles: tenía varias cicatrices en el costado derecho, aparentemente producidas por disparos de ametralladora, y una marca rosada en el hombro derecho que posiblemente fue causada por una lanza o un arpón casero

Se estimaba que pesaba alrededor de 900 kilos y medía seis metros. En la parte superior de la cabeza presentaba dos grandes protuberancias óseas que parecían unirse hacia atrás

Una hipótesis sobre sus ataques

Avistadores, investigadores y habitantes de la zona coincidían en que el cocodrilo mataba más presas de las que podía consumir. Una explicación sostenía que su tamaño dificultaba la forma habitual de alimentarse: sumergir y ahogar a la presa para después desmembrarla

Por sus dimensiones, Gustave posiblemente no lograba hundir a los animales con eficacia. En medio del ataque podía terminar matando a otras presas, entre ellas un hipopótamo y una vaca adulta, dos de los episodios más violentos registrados por observadores profesionales

Entre el miedo y el mito

A mediados de los años 2000, el cocodrilo dejó de ser solo una amenaza para convertirse también en una figura mítica. Algunas comunidades comenzaron a considerarlo un espíritu o una deidad de las aguas que había llegado al río para proteger su territorio

Muchos pescadores dejaron de navegar en determinados horarios o días, tanto para reducir el riesgo de un ataque como para respetar el espacio atribuido al animal

En 2019 surgieron rumores sobre su muerte en los cañaverales del lago Tanganica. Sin embargo, nunca apareció un cadáver que permitiera confirmar la versión. Desde entonces, la falta de nuevas observaciones alimentó la posibilidad de que haya muerto, aunque también dejó abierta la hipótesis de que continúe oculto en la región